lunes, 22 de febrero de 2010

De hijos I

Tenemos ciertas creencias generales acerca de cómo hacer esto de criar un hijo. Cosas que sacamos de acá y allá, de experiencias, charlas, lecturas, etc. Creencias que usamos para guiarnos en, según el día, esta aventura o este laberinto. Aunque, como saben especialmente aquellos que hayan tenido hijos, una cosa son las creencias y otra el momento en que se desmoronan frente a -por ejemplo- un llanto que no sabés de dónde viene ni cómo calmar. Ahí el cerebro te explota y en el mejor de los casos lográs dejarte llevar por el instinto o lo que coño sea y apagás el incendio... hasta el siguiente. Por eso, quienes hayan tenido hijos también saben que salvo cosas evidentes es complicado opinar acerca de lo que hacen los padres en la crianza de los hijos, porque se supone -y normalmente es más o menos lo que ocurre- que siempre hacen lo que creen mejor para aquellos.

miércoles, 13 de enero de 2010

Oy, oy, oy! Soy muy, muy, muy nerd. Nerdo mal.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Los desconocidos de siempre: Ojoto, Champú, Perotti, Piropo y el jefe de la banda, el peligrosísimo Ricardo Aníbal Longo.





miércoles, 23 de diciembre de 2009

El otro día, a propósito de un evento sin mayor importancia que es mejor que no cuente, Ezpeleta me mandó un mensaje de texto. Tres palabras, pero fue como si hubiera recibido un latigazo estando desnudo en un freezer extra large en cuya puerta alguien escribió "MIEDO" con un fibrón indeleble violeta fluo. El mensaje se refería a ese evento en particular -no, créanme, realmente no quieren que les cuente- y por tanto no tenía mayor importancia. Pero el miedo era por algo más general, es decir por TODAS las cosas que a medida que pase el tiempo implicarán esas tres palabras.

El mensaje decía "nuestra bebé creció".

lunes, 14 de diciembre de 2009

Yo sé que para ella no es más que una sílaba de las últimas que aprendió. Que repetirlas consecutivamente es sólo un juego. Que por ahora está lejos de tener sentido alguno. Yo sé todo eso, no hace falta que nadie me lo recuerde. Pero igual me emociono de una manera desconocida e indescriptible cada vez que me mira y dice papá.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Sí, Limeta, te cambian la vida. Quieras o no. Y cuánto te la cambian depende -como otras cosas- de cuánto permitas que te la cambien. Yo no soy nadie para juzgar cuánto está bien, sólo puedo decir cuánto me lo intento permitir: todo. El tiempo dirá. De una u otra manera el tiempo va a pasar.

mi respuesta al comentario 11 del post anterior.

lunes, 23 de noviembre de 2009


Y bueno, nada, eso.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Hace unos días leía un relato de Ian McEwan que se llama Solid Geometry. A medida que avanzaba había algo que me resultaba cada vez más familiar. Hasta que llegué a cierto pasaje y lo recordé: The No-sided Professor de Martin Gardner, el descubrimiento de algo misterioso que se llamaba topología, mis preguntas en el recreo a una profesora de matemática que suponía que le estaba tomando el pelo, el edificio del Dorrego, la Mellow String Les Paul, las Toco y Canto... mi adolescencia temprana, en fin. Toda de golpe. Parece que cualquier cosa puede llegar a abrirte alguna puerta de la memoria.

martes, 10 de noviembre de 2009

Es inevitable pensar en Lost al leer El señor de las moscas*. Un grupo de personas que sobrevive a un accidente aéreo en una isla desierta y perdida, con remotas posibilidades de ser rescatado. No son ésas las únicas similitudes -hasta hay monstruos, imaginarios y reales- pero en realidad El señor de las moscas es lo que Lost debió haber sido y nunca fue: suciedad, caos y crueldad fuera de toda intención estética, incomprensibles pero terriblemente familiares. Nada de escotillas, humitos negros, Dharma Initiative o cualquier otro deus ex machina (o sí, pero en verdad no). Ningún Los Otros (o sí, pero en verdad no). Sólo la humanidad en su versión más pura y despiadada. El señor de las moscas parece una nota al pie de aquel párrafo del capítulo 13 del Leviatán. Homo homini lupus, aunque lo peor, lo más jodidamente perturbador del asunto, es que los hombres en cuestión sean en realidad niños.

* El señor de las moscas, W. Golding.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Sí, lo admito: me gusta mirar Pocoyo por Youtube. Pero lo que más me gusta de mirar Pocoyo por Youtube es hacerlo con Catalina.

Pato la rompe.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Cinco meses.

jueves, 1 de octubre de 2009

Cuatro meses.

lunes, 14 de septiembre de 2009


i give her all my love
that's all i do
and if you saw my love
you'd love her too
and i love her

she gives me everything
and tenderly
the kiss my lover brings
she brings to me
and i love her

a love like ours
could never die
as long as i
have you near me

bright are the stars that shine
dark is the sky
i know this love of mine
will never die
and i love her

And I love her, The Beatles, A Hard Day's Night, 1964.

martes, 1 de septiembre de 2009

Tres meses.


Supongo que en algún momento voy a volver al bloguerismo habitual pero ocurre que por ahora todo pasa por ella.

lunes, 10 de agosto de 2009


Sí, estoy monotemático.

sábado, 1 de agosto de 2009

Dos meses.


¿Se entiende de qué hablo?

miércoles, 29 de julio de 2009

Y la frase de estos tiempos podría ser "ahora entiendo". Más precisamente, ahora entiendo algunas cosas acerca de cómo actúan los padres ("algunas", no "todas"). No es que me lo haya propuesto, ni siquiera lo noté mientras ocurría. Simplemente, pensando en esto tiempo después, me doy cuenta de que ahora entiendo.

Por ejemplo algo de lo que sentí cuando estuvimos en la sala de neonatología, donde no pude contener las lágrimas. O una de las tantas cosas que me pasan cuando me sonríe cada vez que me reconoce. Y así. Y es "sé que me arrojaría como un tigre asesino sobre cualquiera que siquiera considerara algo que pudiera hacerla sufrir; arrancaría sus ojos, comería sus vísceras y dejaría la carcasa a los gusanos carroñeros".

Es una metáfora.

jueves, 23 de julio de 2009

Mi barrio (XXII)

viernes, 17 de julio de 2009

Tenemos que ir al Sanatorio y paramos un taxi en la esquina de casa. Ni terminamos de sentarnos y el tachero pisa el acelerador y cruza la avenida en diagonal para doblar en la calle siguiente. Yo creo que nunca miró hacia atrás. Quien conozca el tránsito en San Juan sabrá que para cruzarla a lo ancho en una cuadra y sin mirar hay que estar medio loquibambi. O apurado, como últimamente parecen estar todos los taxistas. O urgido por sacarse de encima a una posible parturienta. Como fuera, no hago ningún comentario. Supongo que en su estado mi mujer no querrá escuchar nada por el estilo.

Apenas toma Independencia el tipo nos empieza a mirar. Y al doblar en Entre Ríos, con el tránsito más despejado, dice

-Molestia si come mandarrina? Tiene garrganta seca.

con un acento extranjero que no termino de identificar, pero como por el espejito lo veo medio cuadradote y rubión calculo que debe ser ruso o algo así, pariente o pareja de alguna de las tantas arregladoras de ropa de la ciudad.

-No, todo bien, dale nomás.

Y al instante me arrepiento. Ya lo veo hablando todo el viaje e infectando el universo con olor a mandarina. Pero no. El tipo saca la fruta de una bolsita de nylon blanca y la pela en silencio, sin que desprenda olor alguno. Debe ser una mandarina rusa.

Como sigue callado aprovecho para relojear el auto. Lo de siempre salvo la estampita de un santo que no conozco -debe ser ruso- colgando del espejo retrovisor con una cinta roja, y una especie de busto de una virgen o santa o bruja, qué sé yo, arriba de la guantera. El coso ese tiene unos veinte centímetros de alto, la verdad es que es bastante grande y mete miedo. Debe ser una bruja rusa.

El ruso maneja rápido. Demasiado. Yo le explico que no hay ningún apuro pero nada, no sé siquiera si entendió. Maneja como si la vida de los trece mil doscientos cincuenta y ocho niños en edad escolar del remoto pueblo siberiano del que proviene -Petropávlovsk- dependiera de ello. Agarra el volante como si fuera a caer a las gélidas profundidades del lago Baikal si lo soltara. No sé, capaz que exagero un poco con las comparaciones pero lo que importa es que se entienda la idea.

Al pasar frente a la iglesia esa que está ahí en Callao justo antes de llegar a Tucumán, el ruso se persigna. Pero a lo loco, furioso, como si espantara la mosca que lo estuvo incordiando durante los últimos cinco años (y seguimos con las comparaciones). No alcanzamos a reponernos cuando dobla en Córdoba, pero apenas nos damos cuenta vuelve doblar en Pueyrredón, ahora que también es mano para allá. Por suerte hay poco tránsito.

A una cuadra del Sanatorio nos agarra un semáforo. El ruso frena a desgano y se queda regulando como si estuviera en la largada del GP de Montecarlo. Yo no sé cómo puede aguantar los eternos segundos desde que el rojo se convierte en amarillo y el amarillo en verde. Pero finalmente todo llega en la vida: el ruso acelera... e inmediatamente frena para no atropellar a una mujer con calzas rojas que cruza la calle corriendo con bastante poca convicción y una niña flameando en el extremo del brazo derecho. El ruso saca la cabeza por la ventanilla y le vomita la más atroz puteada rusa que haya escuchado en mi vida. Luego se vuelve a nosotros y con la cara congestionada nos dice algo en ruso que tal vez quiso ser amigable pero a mí me pareció una amenaza mafiosa. Se da vuelta nuevamente y toca con el pulgar la frente de la bruja repitiendo no sé qué letanía en ruso. Y así llegamos, y nos bajamos en un salto justo antes de que el ruso arranque con una convulsión epiléptica, en medio de una nube de fuego y azufre, escupiendo sobrecogedores gemidos y gritos en ruso.

martes, 7 de julio de 2009

Un día en el super.

Viene con bolsas de consorcio de regalo para el paseo.


Las colas son largas y la espera cansadora.


Como siempre, el problema no es la oferta sino la demanda.