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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Algunos saben que Tommy Barban fue compañero de Barack Obama en la Harvard Law School. Unos pocos saben cuándo, un dato que Barban suele esquivar cada vez que le preguntan sobre su pasada relación con Mr. President. Yo te entiendo, Barban. Pero hasta ahora sólo tres personas sabían -Barban, Obama y yo- lo que sucedió algunos años después, cuando Barack decidió conocer el exótico país de procedencia de su colega.

Por supuesto, en los tempranos ´90 Barack Obama, que era prácticamente nadie en EE.UU., aquí era totalmente nadie. Al menos yo no lo conocía. A Barban sí lo conocía, pero de vista nada más. No era difícil distinguir a un tipo de traje del hato de harapientos que solía atraer mi banda de entonces al sucucho ese de Floresta que se llamaba Vía Cerino. El de Segurola y las vías, donde ahora hay un chino. La verdad es que no tengo idea de qué hacía Barban ahí. Tal vez iba a tomarse un whisky, tal vez andaba de trampa, no sé. Nunca le pregunté. Lo que es seguro es que no iba a escucharnos a nosotros.

Como fuera, un sábado, diez minutos antes de que empezáramos a tocar, se me acerca y me dice que tenía un amigo norteamericano que se volvía al día siguiente pero que por un error de reservas se había quedado sin hotel. Que lo alojaría él mismo pero que justo esa noche no podía. Que si yo sería tan amable de prestarle mi departamento sólo por esa noche, total seguro que estaría volviendo recién para las 10 de la mañana y para ese momento su amigo ya se habría ido. Que se encargaría de llevarlo a Castelar e ir a buscarlo temprano.

No me dijo por qué no podía alojarlo. No tengo idea por qué me lo pidió a mí. Tampoco sé cómo es que sabía tantas cosas sobre mí. Y nunca le pregunté. Tal vez estos párrafos funcionen como pregunta tardía, aunque en verdad no tengo interés en saber así que no te sientas presionado, Barban. Otra cosa que tampoco sé es por qué le dije que sí. Tal vez fue por el traje.

Recién ahí me presentó a Obama. Cruzamos tres palabras y listo, eso fue todo. Mientras tocaba lo relojeé un par de veces. Lo único que hacía el tipo era sonreir. "-Qué cara de pelotudo el negro", pensaba yo. Acabamos de tocar y hubo que desarmar, esperar el transporte, cargar, descargar, lo de siempre. Barban y el negro ya se habían ido. Y nosotros terminamos en Tío Fritz desayunando café con leche con milanesa a la napolitana.

Cuando volví a casa, tal como había anticipado Barban, el negro ya no estaba. No dejó un solo rastro de su estancia. En realidad sí quedó un rastro: había tendido la cama. Y muy bien, por cierto.

Fue un hecho totalmente intrascendente y desprovisto de gracia, pero ahora es una anécdota de cierta significación, ponéle: el actual presidente del país más poderoso del mundo durmió una noche en mi casa. Incluso me puedo dar el lujo de rematarla con un juego de palabras "Obama me hizo la cama". Yo no sé quién, a esta altura de la historia, prefiere seguir creyendo que el pasado no puede cambiar.

martes, 15 de noviembre de 2011

Brad Pitt no siempre fue Brad Pitt. Mejor dicho, Brad Pitt no siempre fue la superestrella de Hollywood que es hoy. Alguna vez Brad Pitt fue uno más de nosotros, los alumnos del bachillerato común del Nacional de Morón en los ´80.

Yo lo conocí bastante. Nos sentamos juntos en segundo y tercer año. No nos llevábamos particularmente bien pero teníamos presentes similares, así que nos pareció natural juntarnos. Éramos lo que se dice un tándem de gorditos tragas. A decir verdad no creo que hayamos sido tragas, me parece que nada más le dábamos algo de bola al colegio y nos iba bien.

A pesar de eso éramos inusualmente simpáticos y populares. No como los Pitecantropus, un poker de gorditos tragas que se sentaban adelante y no eran simpáticos ni populares y además les iba bastante mal. O los Pajeros, que se sentaban atrás y de quienes lo único que se sabía era que les iba muy bien. Sí, supongo que haber sido simpáticos y populares nos salvó de que nos bautizaran, o al menos de que nos hicieran saber cómo nos habían puesto.

Pero en cuarto año las cosas cambiaron. Ambos volvimos de las vacaciones más estilizados, aunque él mucho más que yo. Las chicas comenzaron a mirarlo con otros ojos y él se daba cuenta y lo aprovechaba. Yo sólo estaba interesado en mi banda. Dejamos de sentarnos juntos. Nuestras notas empezaron a caer. Todo esto continuó en quinto año. Yo tuve que dar recuperatorio de un examen de biología; él ya se había llevado dos materias. Yo ya había tocado un par de veces con mi banda y él se había tirado a medio bachillerato pedagógico. Ya no teníamos nada que ver uno con otro.

Por eso me sorprendió que se me haya acercado en Bariloche. Estaba medio en pedo, pero todos estábamos en pedo. Me puso un brazo sobre el hombro y bien cerca de mi oreja izquierda susurró:

-Es así, Cuti; nada tiene sentido. Toda nuestra lucha, todo aquello por lo que peleamos, nada tiene sentido.

Yo le dije -Salí de acá pelotudo- pero me quedé pensando. Hasta hoy pienso en lo que dijo. Un par de veces casi lo llamo para preguntarle qué quiso decir, pero seguro que no me recuerda y menos va a recordar algo que tiró una noche en pedo en Bariloche. Si recordara, le preguntaría por la lucha de la que hablaba. A mí nunca se me ocurrió que estuviéramos luchando por nada en particular.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Mi nombre es Manny Ybarra. Desde los catorce años soy operario de control de calidad. Pueden llamarme "probador", así se decía antes y me gusta más. Trabajé en muchísimas industrias. Perdí el olfato en una perfumera, sumé 58 libras en Kentucky Fried Chicken, pero también aprendí volteando páginas en Hill & Wang y me divertí en las atracciones de Six Flags Magic Mountain. El trabajo que más recuerdo fue, sin embargo, uno que no hice. En una planta de General Motors vi morir a mi compadre Sal Espinoza -que Dios lo tenga en su Santísima Gloria- que tuvo su primer y último turno tantito antes que yo. Renuncié antes de comenzar, aunque la paga era excelente.

Ahora tengo un empleo en la planta Fender en Corona. No soy músico, pero en verdad no es necesario. Soy el que checa que las guitarras se quiebren como es debido cuando el guitarrista las estrella contra el escenario. Es simple. El mástil no debe separarse del cuerpo sino hasta el tercer golpe, ni antes ni después. El primer golpe podría ser accidental, por lo que el instrumento no debería sufrir daños importantes. Pero al segundo golpe el cuerpo debe despedir trozos de madera hasta al menos 30 pies de distancia del escenario. Al tercer golpe debe notarse claramente que el mástil queda unido al cuerpo sólo por uno de los cuatro tornillos. Y al cuarto golpe el mástil y el cuerpo deben separarse, aunque las cuerdas hacen que el conjunto perdure algunos golpes más. Cuántos más depende del calibre de las cuerdas que prefiera el guitarrista. Aquí utilizamos 0.10.

Soy un hombre fuerte, no demasiado viejo, y mi trabajo es tranquilo, sin riesgos. Me dan la indumentaria apropiada, tengo seguro social y a Dios gracias mi puesto es estable. En verdad no puedo quejarme. Sólo que a veces, de tanto en tanto, me pongo a cavilar acerca de lo que lleva a los guitarristas a destrozar sus instrumentos. Mi madre sabe cuándo tengo uno de esos días nada más verme apenas regreso de la planta. Entonces saca del refrigerador un six pack, lo deja en la mesita junto a la mecedora del porche y yo me siento allí a fumar y beber hasta que se hace de noche y me llama a comer.

martes, 23 de agosto de 2011

De cuando conocí a David Bowie

El sábado 29 de septiembre de 1990 David Bowie tocó por primera vez en Buenos Aires cerrando el "Sound + Vision Tour". Yo estuve ahí. Fue un muy buen show, por supuesto, aunque debo confesar que en ese entonces yo no estaba interesado en Bowie sino que había ido exclusivamente para ver a Adrian Belew. Claro que sabía quién era Bowie, pero ese día sólo fue el tipo de la indumentaria con voladitos que cantaba, toda mi atención estaba concentrada en Belew. En mi favor hay que decir que el tiempo me acomodó las cosas en su justo lugar: Bowie es un genio y Belew un gran guitarrista que escribió algunas de las letras más increíblemente pelotudas de la música universal.

El lunes siguiente fui a trabajar a la Escribanía. Ya no era el último cadete pero todavía no me habían puesto de protocolista. Por eso, si bien mi sueldo me permitía financiar la diarrea de recitales que fue 1990, todavía tenía obligación de hacer cosas desagradables como por ejemplo llevar a legalizar documentación al Colegio de Escribanos.

Ese día terminé temprano y fui a tomar un café al bar de al lado del Colegio. Apenas me ubiqué lo vi a Bowie sentado frente a la mesita cuadrada de fórmica marrón junto a la ventana, solo, siguiendo con sus ojos anómalos a los colectivos repletos que iban por Avenida Callao. Después de un rato tomé coraje, me acerqué y le dije:

-Hola Sr. Bowie, quería decirle que el sábado estuve en su show y me gustó mucho.

-Ah, sí, gracias- dijo Bowie sin sacar la vista de la ventana.

-Además quería decirle que toco la guitarra y que haber visto a Adrian Belew fue...

-Ok, escucháme pendejo- cortó Bowie, sin mirarme. ¿Querés ser una estrella de rock? YO soy una estrella de rock. Pero tenés que saber que llega un momento en la vida de todo hombre en que quiere poder meterse un dedo en la nariz y sacarse los mocos sin que lo jodan- me miró y agregó -Bueno, las estrellas de rock no podemos hacer eso- volvió a mirar a la ventana, se levantó y se fue.

Bowie tenía 43 años cuando me dijo eso; hoy yo tengo 40. Hace mucho que no trabajo en escribanías y toco la guitarra ocasionalmente. No, no soy estrella de rock. Igual todavía me quedan tres años, quién te dice.

lunes, 11 de julio de 2011

Una vuelta me tocó estar en Reñaca por negocios. Lindo lugar Reñaca, pero no para negocios. Por eso una tarde que me quedó libre me alquilé un jeep y salí a manejar por ahí. Lindo lugar Reñaca.

Cuestión que en un momento me suena el móvil, el pelotudo de mi socio. No tengo ganas de hablar de mi socio pero es un pelotudo con mayúsculas. Sigue siendo mi socio porque a veces se trae algún negocio interesante, que si no...

Paro el jeep en la banquina, atiendo y el pelotudo me dice que me va a pasar con Don Jaime algo, la verdad es que no me acuerdo. Sé que eran dos apellidos y el segundo algo así como Muñoz o Muñiz. Eñe y zeta, imposible olvidar eso. Aparentemente Don Jaime era el importador más grande de Chile, un auténtico peso pesado de los negocios. Por ese tipo de cosas sigo teniendo al pelotudo de mi socio.

"-Hola Don Jaime, cómo le va?". No le entiendo mucho a Don Jaime, habla en chileno muy cerrado. Por suerte consigo adivinar que quiere diversificar los rubros e importar productos alimenticios. Bien. Que quiere empezar por las galletitas. OK. "-Cómo dijo Don Jaime? Que cuáles son las galletitas más ricas de todas?"

Estoy en el patio de adelante de mi casa, tengo cinco años. El día está un poco fresco pero hay sol. Estoy sentado en una rueda de auto, mirando al cielo, y acabo de descubrir las escalas. Mejor dicho la escala mayor diatónica, es decir los intervalos, el modo en que se suceden las octavas, las tonalidades. La escala mayor diatónica es eso, un día fresco con sol, un nene sentado en una rueda, un descubrimiento solitario.

"-Sí, ahora sí lo escuché Don Jaime. Las galletitas más ricas del mundo son las pepas, Don Jaime."

martes, 21 de junio de 2011

El otro día soñé que me cruzaba en la calle con Julian Barnes. ¿Que cómo supe que era él? No sé. Lo que sé es que cuando lo vi, su cara se mezcló con la imagen de la tapa de un libro de Anagrama que me pareció que era de él, y entonces supuse que era él. Igual para el caso nada de eso tiene importancia y creo que no da que vengas a pedirme tanta precisión, después de todo era un sueño.

Bueno, sigo. Uno de los dos estaba de vacaciones, no sé si él o yo. Apenas lo veo, lo encaro para decirle cuánto lo admiro y blá. Es decir, algo que despierto te digo que no hago ni ebrio ni dormido. Bien, ebrio no sé pero parece que dormido sí. Y pam, le digo que había leido tal y cual libro de él, y que me gustaba tal y cual otra cosa, y así. Un plomo. El tipo me miraba medio raro, pero supuse que era por mi inglés. Digo, me defiendo bastante bien pero, a ver, el tipo era Julian "Inglaterra, Inglaterra" Barnes. Por ahí pensaba que estaba hablando con un indio, no sé, y seguramente debe estar acostumbrado a otra cosa.

El punto es que la situación se ponía cada vez más incómoda así que me desperté. Y me quedé un rato largo pensando en el encuentro y en las posibles razones de la incomodidad de Barnes. Hasta que me dí cuenta de que tal vez lo había confundido con Ian McEwan. No sé, no estoy seguro, pero ahora me parece que la tapa de Anagrama que se me cruzó era de un libro de McEwan. Y bueno, si hubiera sido así lo entiendo a Barnes. Qué vergüenza. De cualquier modo, la próxima vez no pienso hacerle ningún comentario sobre el incidente; sólo lo saludaré, nada más.

viernes, 17 de julio de 2009

Tenemos que ir al Sanatorio y paramos un taxi en la esquina de casa. Ni terminamos de sentarnos y el tachero pisa el acelerador y cruza la avenida en diagonal para doblar en la calle siguiente. Yo creo que nunca miró hacia atrás. Quien conozca el tránsito en San Juan sabrá que para cruzarla a lo ancho en una cuadra y sin mirar hay que estar medio loquibambi. O apurado, como últimamente parecen estar todos los taxistas. O urgido por sacarse de encima a una posible parturienta. Como fuera, no hago ningún comentario. Supongo que en su estado mi mujer no querrá escuchar nada por el estilo.

Apenas toma Independencia el tipo nos empieza a mirar. Y al doblar en Entre Ríos, con el tránsito más despejado, dice

-Molestia si come mandarrina? Tiene garrganta seca.

con un acento extranjero que no termino de identificar, pero como por el espejito lo veo medio cuadradote y rubión calculo que debe ser ruso o algo así, pariente o pareja de alguna de las tantas arregladoras de ropa de la ciudad.

-No, todo bien, dale nomás.

Y al instante me arrepiento. Ya lo veo hablando todo el viaje e infectando el universo con olor a mandarina. Pero no. El tipo saca la fruta de una bolsita de nylon blanca y la pela en silencio, sin que desprenda olor alguno. Debe ser una mandarina rusa.

Como sigue callado aprovecho para relojear el auto. Lo de siempre salvo la estampita de un santo que no conozco -debe ser ruso- colgando del espejo retrovisor con una cinta roja, y una especie de busto de una virgen o santa o bruja, qué sé yo, arriba de la guantera. El coso ese tiene unos veinte centímetros de alto, la verdad es que es bastante grande y mete miedo. Debe ser una bruja rusa.

El ruso maneja rápido. Demasiado. Yo le explico que no hay ningún apuro pero nada, no sé siquiera si entendió. Maneja como si la vida de los trece mil doscientos cincuenta y ocho niños en edad escolar del remoto pueblo siberiano del que proviene -Petropávlovsk- dependiera de ello. Agarra el volante como si fuera a caer a las gélidas profundidades del lago Baikal si lo soltara. No sé, capaz que exagero un poco con las comparaciones pero lo que importa es que se entienda la idea.

Al pasar frente a la iglesia esa que está ahí en Callao justo antes de llegar a Tucumán, el ruso se persigna. Pero a lo loco, furioso, como si espantara la mosca que lo estuvo incordiando durante los últimos cinco años (y seguimos con las comparaciones). No alcanzamos a reponernos cuando dobla en Córdoba, pero apenas nos damos cuenta vuelve doblar en Pueyrredón, ahora que también es mano para allá. Por suerte hay poco tránsito.

A una cuadra del Sanatorio nos agarra un semáforo. El ruso frena a desgano y se queda regulando como si estuviera en la largada del GP de Montecarlo. Yo no sé cómo puede aguantar los eternos segundos desde que el rojo se convierte en amarillo y el amarillo en verde. Pero finalmente todo llega en la vida: el ruso acelera... e inmediatamente frena para no atropellar a una mujer con calzas rojas que cruza la calle corriendo con bastante poca convicción y una niña flameando en el extremo del brazo derecho. El ruso saca la cabeza por la ventanilla y le vomita la más atroz puteada rusa que haya escuchado en mi vida. Luego se vuelve a nosotros y con la cara congestionada nos dice algo en ruso que tal vez quiso ser amigable pero a mí me pareció una amenaza mafiosa. Se da vuelta nuevamente y toca con el pulgar la frente de la bruja repitiendo no sé qué letanía en ruso. Y así llegamos, y nos bajamos en un salto justo antes de que el ruso arranque con una convulsión epiléptica, en medio de una nube de fuego y azufre, escupiendo sobrecogedores gemidos y gritos en ruso.

viernes, 29 de mayo de 2009

Apago la PC, cierro la oficina, bajo por el montacargas y al salir veo a mi derecha a uno de los tipos que están haciendo el nuevo cableado de red del edificio. Se parece a Daniel Hendler. Me acerco al portón y veo al otro tipo; se parece a Daniel Hendler. Saludo al de vigilancia, que se parece a Daniel Hendler, y al encargado de la tarde, que se parece a Daniel Hendler, chau, hasta mañana. Salgo a la calle, me pongo los anteojos oscuros y los auriculares, prendo el mp3 y escucho, no sé, of Montreal ponéle. Camino a la estación del subte me cruzo con varias personas que se parecen a Daniel Hendler, pero vamos todos tan rápido o en la nuestra que no hay contacto de ningún tipo. Llego a la estación y voy a la boletería porque se me acabó el subtepass, me atiende una mujer que se parece a Daniel Hendler, le pido un viaje, le doy la plata justa. Bajo caminando por la escalera mecánica aunque no se debe, y llego al andén donde hay hombres y mujeres de todas las edades que se parecen a Daniel Hendler. Aparece el subte y suben todos. Yo subo al final pero igual encuentro un lugar vacío y alejado. Nadie se me acerca, creo, porque sigo con los anteojos y los auriculares. Y mejor así, porque si no al que se me siente al lado tendría que decirle te acordás Daniel de esa vez en el restaurant ruso a la vuelta del Callejón que nos preguntaste si nosotros también teníamos? Te acordás de lo que te respondimos? Bueno, preguntá de nuevo.

viernes, 22 de mayo de 2009

Amado dijo que en cinco días pintaría el departamento; vamos por la cuarta semana y aún no termina. No es un trabajo chico, pero tampoco es tan grande. La verdad es que Amado es lento. Trabaja bien -aunque podría ser más prolijo- pero es lento. Algo nos habían dicho cuando nos lo recomendaron. Igual lo contratamos.

Pero en los últimos días se puso insoportable. Comienza a las 8, y para las 4 hay dos tramos de zócalo con satinol, una mano de látex en un cielorraso, barniz en tres estantes de la alacena, y listo. Y así. Dice no sé qué sobre la humedad, las superficies, el material, blá. Porque otra cosa que hay que saber es que Amado habla demasiado. Cuando empieza no se sabe cuándo ni en qué va a terminar, así que uno opta por escaparse apenas encuentra un hueco.

De cualquier modo le dimos un ultimatum: esta semana es la última. Hará lo que pueda según el orden de prioridad que le pasamos -y que se resiste a seguir, pero ese es otro tema-y el resto más adelante, veremos cuándo. Se nota que algo aceleró, pero mal, como se ve en las manos de epoxi cargadas que le está dando a los azulejos de la cocina. Sin embargo en general sigue lento. Y yo quería saber por qué, así que se me ocurrió poner una especie de video baby-painter-call (sí, ya sé, muchas cosas para bebés últimamente). Instalé el programa y esta mañana lo puse a grabar. Acabo de ver la grabación.

Media hora después de dejarlo en casa, luego de preparar los materiales y herramientas, Amado pasa frente a la cámara con su uniforme: alpargatas, pantalón, remera y birrete íntegramente blancos. Poco después vuelve a pasar pero esta vez se queda, de costado a la cámara pero frente al espejo del living. Saca del bolsillo del pantalón un pedazo de tela blanca, inclina la cabeza, se pone la tela frente a los ojos, rodea la cabeza y la ata por detrás. Luego hace unas poses tipo tai chi y una especie de bailecito. Desaparece por un rato. Vuelve y otra vez tai chi y bailecito. Así unas nueve o diez veces a lo largo del día. Poco antes de las 4 guarda los materiales, limpia los pinceles y rodillos, se cambia y justo después de sentarse a esperarnos, pocos minutos antes de que lleguemos, se desanuda y saca la máscara, la hace un bollito y la guarda en el bolsillo de adelante de la chomba.

martes, 5 de mayo de 2009

Yo sé lo que te digo. Yo sé que es fresco, espontáneo. Que tiene la inmediatez propia de publicidad de televisión, eso de dejar todo y salir corriendo así como estás y que no te importe nada. Incluso hay quienes le encuentran un costado romántico, no lo voy a andar negando. Pero vas a ver que finalmente no garpa: no te va a parar ningún taxi si cuando tu mujer te avisa que está por parir vos salís corriendo en calzoncillos. Aunque sean las tres de la tarde del más hermoso día de primavera que te puedas imaginar y estés en el Tiergarten de Berlin y los tilos hayan florecido.

jueves, 30 de abril de 2009

Todo el mundo sabe que a Borges le gustaban los Stones, que los conocía por María Kodama. Todos saben también que en la tarde del 15 de mayo de 1981, en el lobby del Hotel Palace de Madrid mientras esperábamos que nos pasaran a buscar para ir a cenar, de repente apareció Mick Jagger, se acercó a Borges, se arrodilló a su lado y le dijo:

- Maestro, yo lo admiro, leí toda su obra.
- ¿Quién es usted, señor? le preguntó Borges.
- Mick Jagger.
- Ah, uno de los Rolling Stones.
- ¿Cómo, Maestro, usted me conoce? dijo Jagger, a punto de desmayarse.
- Sí, por María Kodama.

Pero lo que pasó inmediatamente después sólo yo lo sé -bueno, yo y un tipo de Tacuarembó que andaba por ahí comprando unas ovejas para la granja que tenía cerca de Valle Edén. Sale el estupefacto Jagger, se va al baño María Kodama. Entonces Borges nos guiña un ojo, se levanta y empieza a bailar como imitando a Mick, i can´t get no! canta bajito y pone la boquita así, ¿ves?

jueves, 23 de abril de 2009

Dieciséis cuadras y siete horas de cola sólo para putearlo. Con cada minuto que pasa, con cada metro que avanza, el odio aumenta en forma directamente proporcional a las virtudes que le cuelgan los demás. Pero detenerse en los motivos de una y otra cosa sería perder el tiempo. Lo importante ahora es pulir cada detalle del plan. A las tres cuadras de la entrada ya tiene listo lo que va a decir. En la esquina del subte puede repetirlo sin pensar. Surge una duda justo antes de empezar a subir la rampa ¿reforzar tal adjetivo? Ya se ven las luces del salón: todo resuelto. Cuestión de segundos nomás.

Ahora lo tiene enfrente, envuelve el insulto en una lágrima -discreción por sobre todo- y lo hace viajar hacia el muerto a la velocidad del beso que impulsa con un movimiento seco del dedo índice de la mano derecha.

jueves, 16 de abril de 2009

Anoche voy al concierto de Aerosmith y a la entrada me encuentro con este tipo de Montevideo con el que hice negocios hace mucho tiempo. Me dice que lo conoce a Steven Tyler, que después del show se van a comer juntos y que si quiero ir me invita. Yo estoy con unos amigos, pero tampoco son tan amigos así que le digo que sí.

Tyler anuncia que el último tema es instrumental, saluda a la gente y se va. El tipo de Montevideo se levanta y me hace una seña para que lo acompañe. Aparecemos en el backstage y ahí está Steven, todo sudado. Cambia un par de palabras con el tipo de Montevideo, me pone un brazo húmedo en el hombro y me pregunta cómo estuvo el show. Very good man. Afuera se escucha el solo de guitarra. Parece Slash pero es Joe Perry.

Vamos a un restaurant cerca del teatro. Un bodegón inmundo, la verdad. El tipo le dice a Steven que le va a hacer probar el mejor asado uruguayo hecho con la mejor carne uruguaya. Yo me río y le digo que me avise cuando vaya a Uruguay que le hago probar el mejor asado argentino de la mejor carne argentina. Ahí me doy cuenta que Steven se está embolando, pero justo me acuerdo que dejé la mochila en la butaca del teatro. Por un momento pienso que mis amigos me la van a guardar, pero tampoco son tan amigos así que digo que me banquen que en un toque estoy de vuelta.

En el teatro el portero me lleva por las escaleras, los ascensores todavía están bajando gente que sale del show. Hay varios integrantes de la filarmónica esperando en el foyer, recalientes porque los de limpieza tardan mucho en poner todo en orden para el próximo ensayo. Al final del corredor el portero levanta la cortina y señala para adentro. La sala está completamente vacía, iluminada, silenciosa, limpia. Camino un par de filas y ahí la veo, inmóvil, negra con destellos azules, reclinada sobre la tibia pana roja de la butaca, lustrosa como el día que la elegí.

lunes, 13 de abril de 2009

Estaba con la gente del consorcio mirando una opera por la tele en la pantalla gigante que había puesto uno de los propietarios. Yo la conocía a la opera, estaba en un disco que siempre ponía mi madre allá en Paysandú. Medio la cantaba por lo bajo, vea. Cuestión que en un momento me emocioné mucho, me saltaron las lágrimas por los ojos y me paré. Al rato me doy cuenta que uno de los propietarios me gritaba para que me sentara de nuevo. ¡Qué ordinario! Ahí nomás me dí vuelta y le grité

-¿Qué, porque soy portero no me puedo emocionar con una opera?

Pero me quedé mal y al día siguiente bajé a pedirle disculpas. Después de un rato de tocarle el timbre salió la vecina del departamento de enfrente y me dijo

-Pare de tocar que no hay nadie, Ernesto. ¿No se enteró? El señor se mató anoche. Parece que se colgó del coso de la ducha.